Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —SÃ, ¿no es cierto? SabÃa que me comprenderÃa. Yo creÃa amarlo, señorita Shirley. La primera vez que lo vi, me quedé sentada contemplándolo toda la tarde. Cuando sus ojos se topaban con los mÃos, me golpeaban oleadas de sensaciones. Era tan apuesto… aunque aun entonces me pareció que tenÃa el pelo demasiado rizado y las pestañas demasiado rubias. Eso deberÃa haberme servido de advertencia. Pero siempre pongo el alma en todo, sabe… soy tan intensa. Me estremecÃa de éxtasis cada vez que se me acercaba. Y ahora no siento nada… ¡nada! Ay, he envejecido en estas semanas, señorita Shirley… ¡he envejecido! No he comido casi nada desde que nos comprometimos. Mi madre podrÃa contárselo. Estoy segura de que no lo amo lo suficiente como para casarme con él. Puedo tener dudas sobre muchas otras cosas, pero eso lo sé con absoluta certeza.
—Entonces no deberÃas…