Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Si no amas a Terry, tendrÃas que ir y decÃrselo, por más que él se sienta mal al principio. Algún dÃa conocerás a alguien a quien amarás de verdad, Hazel, querida… entonces, ya no tendrás dudas… lo sabrás con absoluta certeza.
—Nunca más amaré a nadie —aseguró Hazel, con calma pétrea—. El amor no trae más que sufrimiento. A pesar de mi juventud, eso lo he aprendido bien. Ésta serÃa una magnÃfica trama para una de sus historias, ¿no cree, señorita Shirley? Tengo que irme. No tenÃa idea de que fuera tan tarde. Me siento mucho mejor después de haberle contado todo… «tocado tu alma en la tierra de las sombras», como dice Shakespeare.
—Creo que era Pauline Johnson —la corrigió Ana suavemente.
—Bueno, sabÃa que era alguien… alguien que habÃa vivido. Creo que esta noche dormiré, señorita Shirley. Casi no he dormido desde que me encontré comprometida con Terry, sin saber cómo habÃa sucedido.
Hazel se pasó la mano por el cabello, para inflarse el peinado, y se puso el sombrero con ala forrada en rosado y flores rosadas alrededor. Le quedaba tan bonito que Ana, siguiendo un impulso, le besó la mejilla.
—Eres preciosa, querida —dijo con admiración.
Hazel permaneció inmóvil.