Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Luego levantó la mirada y contempló el techo de la habitación, como si pudiera ver, más allá, las estrellas.
—Nunca, nunca olvidaré este momento maravilloso, señorita Shirley —murmuró, extasiada—. Siento que mi belleza… si es que la tengo… ha sido consagrada. Ay, señorita Shirley, no sabe lo terrible que es tener fama de ser hermosa y siempre temer que cuando la gente la conoce a una, piense que no era tan bonita como decÃan. Es una tortura. A veces me siento morir de mortificación porque me parece ver que se sienten defraudados. Quizá sólo sea mi imaginación… soy tan imaginativa, demasiado para mi propio bien, temo. Imaginé que estaba enamorada de Terry, ¿comprende? Ay, señorita Shirley, ¿puede oler el aroma de las flores de manzano?
Como tenÃa nariz, Ana podÃa olerlo.
—¿No es absolutamente divino? Espero que el cielo sea todo flores. Una podrÃa ser buena si viviera en un lirio, ¿no cree?
—Me temo que no habrÃa demasiado lugar —respondió Ana con un dejo de malicia.
—Ay, señorita Shirley, no… no sea sarcástica con alguien que la idolatra. El sarcasmo me deja marchita como una hoja.