Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Por supuesto —continuó Terry, que habÃa malentendido su silencio—, estoy en un lÃo, lo admito. Creo que Hazel me ha tomado muy en serio y no sé cómo hacerle ver su error.
Ana, impulsiva como siempre, adoptó su aire más maternal.
—Terry, ambos son un par de niños jugando a los adultos. Hazel siente tan poco por ti como tú por ella. Aparentemente, la luna os afectó a ambos. Ella quiere quedar libre, pero teme decÃrtelo y herir tus sentimientos. Es sólo una chiquilla romántica y confundida, y tú eres un muchacho enamorado del amor. Algún dÃa, ambos reiréis a carcajadas recordándolo.
«Creo que me salió muy bien», pensó Ana, complacida.
Terry dejó escapar un suspiro.
—Me has quitado un peso de encima, Ana. Hazel es una dulzura, por supuesto, y por nada del mundo querÃa herirla, pero hace varias semanas que he tomado conciencia de mÃ… de nuestro… error. Cuando uno conoce a una mujer… a la mujer… ¿No vas a irte todavÃa, verdad, Ana? ¿Acaso vamos a desperdiciar esta hermosa luna? Pareces una rosa blanca bajo la luna… Ana…
Pero Ana habÃa huido.