Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Ana, que se encontraba corrigiendo exámenes en la habitación de la torre, una tardecita de mediados de junio, hizo una pausa para sonarse la nariz. Se la habÃa sonado tantas veces esa tarde, que la tenÃa enrojecida y algo dolorida. A decir verdad, era vÃctima de un muy severo y poco romántico catarro. No le permitÃa disfrutar del suave cielo verdoso detrás de los árboles de Siempreverde, ni de la luna plateada que colgaba por encima del Rey de las Tormentas, ni del perfume de las lilas bajo su ventana ni del de los lirios en el florero de la mesa. OscurecÃa su pasado y le ensombrecÃa el futuro.
—Un catarro en junio es algo inmoral —le informó a Dusty Miller, que meditaba sobre el alféizar de la ventana—. Pero dentro de dos semanas, estaré en mi querida Tejas Verdes, en lugar de estar cocinándome aquà con estos exámenes llenos de errores y sonándome la gastada nariz. Piensa en ello, Dusty Miller.
Al parecer, Dusty Miller lo pensó. Quizá también haya pensado que la damisela que avanzaba a pasos rápidos por la Calle del Fantasma y luego subÃa por el sendero tenÃa aspecto furioso, alterado y muy poco acorde con el mes de junio. Era Hazel Barr, que habÃa vuelto el dÃa anterior de Kingsport; resultaba evidente que estaba muy perturbada. Minutos después, entró como una tromba en el dormitorio de Ana, sin aguardar respuesta a su golpe a la puerta.