Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —Vaya, Hazel, querida… (¡AchÃs!). ¿Ya has vuelto de Kingsport? No te esperaba hasta la semana que viene.
—No, supongo que no —replicó Hazel con sarcarmo—. SÃ, señorita Shirley, estoy de vuelta. ¿Y con qué me encuentro? Con que ha estado haciendo todo lo posible para quitarme a Terry… ¡y casi lo ha logrado!
—¡Hazel! (¡AaachiiÃs).
—SÃ, búrlese de mÃ… búrlese de todo. Pero no trate de negarlo. Lo hizo… y en forma deliberada.
—Claro que sÃ. Tú me lo pediste.
—¡Que yo se lo pedÃ!
—AquÃ, en esta misma habitación. Me dijiste que no lo amabas y que nunca podrÃas casarte con él.
—Habré estado deprimida, supongo. Nunca soñé que me tomarÃa en serio. Pensé que usted comprenderÃa el temperamento artÃstico. Es muchÃsimo mayor que yo, pero ni siquiera usted pudo haber olvidado la forma alocada en que hablan las muchachas jóvenes… la forma en que sienten. ¡Usted, que fingÃa ser mi amiga!
«Esto debe de ser una pesadilla», pensó la pobre Ana, secándose la nariz.
—Siéntate, Hazel… por favor.