Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —¡Sentarme! —Hazel iba de un lado a otro, alteradÃsima—. ¿Cómo puedo sentarme… cómo puede alguien sentarse cuando su vida está en ruinas? Si eso es lo que hace la vejez… volvernos celosos de la felicidad de los jóvenes y decididos a destruirla… rezaré para no envejecer nunca.
Ana tuvo un primitivo e intenso deseo de dar un buen tirón de orejas a Hazel. Lo reprimió tan pronto, que después nunca creyó haberlo tenido. Pero decidió que se imponÃa un castigo suave y gentil.
—Si no puedes sentarte y hablar con sensatez, Hazel, prefiero que te vayas. —Ana estornudó con violencia—. Tengo que trabajar.
—No me iré hasta decirle exactamente lo que pienso de usted. SÃ, sé que la culpa es solamente mÃa, debà darme cuenta… de hecho, lo sabÃa. La primera vez que la vi, intuà que era peligrosa. ¡Ese cabello rojo y esos ojos verdes! Pero nunca soñé que llegarÃa al punto de crear problemas entre Terry y yo. Pensé que por lo menos, era cristiana. Nunca oà de nadie que hiciera una cosa asÃ. Me ha roto el corazón, si eso le produce satisfacción.
—Pero, tontita…