Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —¡No quiero hablarle! Terry y yo éramos tan felices antes de que usted arruinara todo. Yo era tan feliz… la primera del grupo en comprometerme. Hasta tenÃa la boda planeada en detalle… cuatro damas de honor vestidas de seda celeste con cintas de terciopelo negro en los volantes. ¡Tan elegante! ¡Ay, no sé si lo que más siento por usted es odio o compasión! ¡Cómo pudo tratarme de este modo… yo la querÃa tanto… confiaba tanto en usted… creÃa en usted!
A Hazel se le quebró la voz y los ojos se le llenaron de lágrimas. La muchacha se dejó caer sobre una mecedora.
«No deben de quedarte muchos signos de exclamación», pensó Ana, «pero no hay duda de que tu provisión de énfasis es inagotable».
—Mamá morirá de disgusto —sollozó Hazel—. Estaba tan contenta… todos estaban tan contentos… para todos era el matrimonio ideal. Ay, ¿alguna vez volverá todo a ser como antes?
—Espera hasta la próxima noche de luna y prueba —dijo Ana con suavidad.
—Ah, sÃ, rÃase, señorita Shirley. RÃase de mi sufrimiento. Estoy segura de que todo le resulta muy divertido… ¡muy divertido! No sabe lo que significa sufrir. Es terrible… ¡terrible!
Ana echó una mirada al reloj y estornudó.