Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos —¡No sé cómo hice para pasar la noche! —exclamó Hazel, desesperada—. La pasé caminando. Y no sabe… ni siquiera imagina lo que he tenido que pasar hoy. Tuve que quedarme sentada escuchando… escuchando… a la gente hablar de cómo Terry se enamoró de usted. ¡SÃ, la gente los ha estado observando! Saben lo que yo no puedo comprender. Usted tenÃa su novio… ¿por qué no pudo dejarme a mà el mÃo? ¿Qué tenÃa en contra de mÃ? ¿Por qué? ¿Por qué? No lo puedo entender. ¿Qué le hice yo a usted?
—Pienso —dijo Ana, perdiendo la paciencia— que tanto Terry como tú necesitan una buena paliza. Si no estuvieras demasiado ofuscada para escuchar las razones…
—¡No estoy enfadada, señorita Shirley! Sólo herida… terriblemente herida —dijo Hazel en voz nublada de lágrimas—. Siento que he sido traicionada en todo… tanto en la amistad como en el amor. Bien, dicen que una vez que se nos ha roto el corazón, no sufrimos más. Espero que sea cierto, pero me temo que no será mi caso.
—¿Y qué pasó con tu ambición, Hazel? ¿Y con el paciente millonario y la luna de miel en una mansión sobre el Mediterráneo?