Ana la de Alamos Ventosos
Ana la de Alamos Ventosos Se hicieron buenos amigos de inmediato. El hombre no hablaba mucho, pero miraba con atención a Elizabeth. HabÃa ternura en su rostro… una ternura que ella nunca habÃa visto antes… ni siquiera en la cara de la señorita Shirley. Sintió que el hombre la veÃa con agrado. Y a ella, él le gustaba mucho.
Por fin, él miró por la ventana y se puso de pie.
—Creo que debo irme —dijo—. Veo a tu señorita Shirley subiendo por el camino, asà que ya no estarás sola.
—¿No quiere esperar y conocer a la señorita Shirley? —preguntó Elizabeth, lamiendo la cuchara para disfrutar de los últimos vestigios de dulce. La abuela y la «mujer» hubieran muerto de horror, si la hubieran visto.
—Ahora no —dijo el hombre.
Elizabeth comprendió que no tenÃa la menor intención de raptarla y sintió una inexplicable decepción.
—Adiós y gracias —dijo, cortésmente—. Es muy bonito estar aquÃ, en Mañana.
—¿Mañana?
—Esto es Mañana —explicó Elizabeth—. Siempre quise entrar en el Mañana y ahora ya estoy aquÃ.
—Ah, comprendo. Bueno, lamento decir que no me vuelve loco el Mañana. A mà me gustarÃa volver al Ayer.