Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Entonces es muy peculiar —dijo el señor Harrison secamente—. O por lo menos las gentes de aquí lo llamarán así. Yo nunca tuve mucho de charlatán hasta que vine a Avonlea, y entonces tuve que comenzar a hablar en defensa propia o la señora Lynde hubiera dicho que era mudo y habría iniciado una suscripción para enseñarme a hablar por señas. ¿Ya se va, Ana?

—Debo hacerlo. Tengo que remendar algo para Dora esta tarde. Además Davy probablemente esté enloqueciendo a Marilla con alguna nueva travesura. Esta mañana lo primero que dijo fue: «¿Adónde va la oscuridad, Ana? Quiero saberlo». Le dije que iba dando la vuelta por la otra parte del mundo, pero después del desayuno declaró que no era así… que se metía en el pozo. Marilla dice que hoy lo encontró cuatro veces colgado del brocal tratando de alcanzar la oscuridad.

—Es un diablillo —declaró el señor Harrison—. Ayer vino hasta aquí y arrancó seis plumas de la cola de Ginger antes de que yo pudiera salir del establo. El pobre bicho ha quedado atontado desde entonces. Esos chicos deben ser un terrible problema para ustedes.

—Todo lo que vale la pena tener da algún trabajo —dijo Ana, resolviendo secretamente perdonar a Davy su próxima travesura, fuera lo que fuera, por haberla vengado de Ginger.


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