Ana, la de Avonlea

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El señor Roger Pye llevó la pintura para esa misma noche y Joshua Pye, un hombre rudo y taciturno, comenzó a pintar al día siguiente. No fue molestado en su tarea. El edificio estaba situado en lo que llamaban «el camino bajo». A fines de otoño, este camino estaba siempre húmedo y lleno de barro y la gente iba a Carmody por el camino «alto». El edificio se encontraba tan estrechamente rodeado de bosques de pinos que resultaba invisible a menos que se estuviera muy cerca. El señor Joshua Pye pintó en medio de la soledad e independencia tan gratas a su insociable corazón.

El viernes por la tarde terminó el trabajo y se fue a su casa en Carmody. Poco después de su partida la señora Rachel Lynde desafió el barro del camino y, llevada por la curiosidad, fue a ver qué parecía el edificio con nueva pintura. Cuando dobló la curva de los abetos lo vio.

Y lo que vio afectó a la señora Lynde singularmente. Soltó las riendas, juntó las manos y exclamó, mirando como si no creyera a sus propios ojos:

—¡Providencia bendita!

Luego se echó a reír casi histéricamente.

—Debe haber algún error… tiene que haberlo. Yo sabía que esos Pye se harían un lío.


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