Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea La señora Lynde volvió a su casa y contó a cuantas personas encontró por el camino lo acontecido con el edificio. La noticia se extendió como la pólvora. Gilbert Blythe, que se hallaba en su casa estudiando, lo oyó de labios de un empleado de su padre y corrió sin respiro hasta «Tejas Verdes» encontrándose en el camino con Fred Wright. Hallaron a Diana Barry, Jane Andrews y Ana Shirley, que eran la desgracia personificada, en el patio de «Tejas Verdes» bajo los grandes sauces sin hojas.
—Seguro que no es verdad, Ana —exclamó Gilbert.
—Es verdad —respondió Ana, que parecía la musa de la tragedia—. La señora Lynde vino a decírmelo de regreso de Carmody. ¡Oh, es simplemente horrible! De qué vale preocuparse por mejorar algo.
—¿Qué es lo horrible? —preguntó Oliver Sloane que llegaba en ese momento con una caja de cartón que traía de la ciudad para Marilla.