Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Debe andar por alguna parte —dijo Ana—. Nunca se iría sola muy lejos; ya sabe lo tímida que es. Quizás esté durmiendo en una de las habitaciones.

Marilla negó con la cabeza.

—He recorrido toda la casa. Pero puede que esté en alguno de los edificios.

Llevaron a cabo un cuidadoso registro. Cada rincón de la casa, del campo y de los edificios auxiliares fue revisado por aquellas dos aturdidas criaturas. Ana recorrió los huertos y el Bosque Embrujado, gritando el nombre de Dora. Marilla cogió una vela y exploró el sótano. Davy las acompañó por turno, sugiriendo multitud de lugares donde pudiera estar. Finalmente, se volvieron a encontrar en el patio.

—Es de lo más misterioso —gimió Marilla.

—¿Dónde puede estar? —dijo Ana desesperada.

—Quizá se cayó al pozo —sugirió Davy alegremente.

Ana y Marilla se miraron asustadas. Ese pensamiento les había perseguido durante toda la búsqueda, pero no se atrevieron a decirlo.

—Puede que sí —murmuró Marilla.

Ana, sintiéndose a punto de desmayar, fue al brocal y miró. El balde estaba dentro, en su repisa. Abajo, lejos, brillaba el agua quieta. El pozo de los Cuthbert era el más profundo de Avonlea. Si Dora… pero Ana no podía enfrentarse a la idea. Se estremeció y volvió.


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