Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Ve a buscar al señor Harrison —dijo Marilla retorciéndose las manos.
—El señor Harrison y John Henry no están. Han ido a la ciudad. Iré a buscar al señor Barry.
El señor Barry llegó con una larga cuerda que tenÃa en su extremo algo asà como una garra metálica, que fuera en sus tiempos una horquilla para hierba. Marilla y Ana miraban, muertas de miedo, mientras el señor Barry rastreaba el pozo y Davy, a horcajadas sobre la puerta, observaba el grupo con una cara que indicaba una gran diversión.
Finalmente, el señor Barry sacudió la cabeza con aire aliviado.
—No puede estar aquÃ. Sin embargo, es muy curioso dónde puede haberse ido. Venga aquÃ, joven, ¿está seguro de no tener idea de dónde está su hermana?
—Le he dicho una docena de veces que no —dijo Davy con aire ofendido—. Quizá un mendigo vino y la robó.
—TonterÃas —dijo Marilla secamente, aliviada del terrible temor del pozo—. Ana, ¿crees que se pudo quedar en lo del señor Harrison? No ha hecho más que hablar de la cotorra desde que la llevaste a verla.
—No puedo creer que Dora se aventure a ir tan lejos ella sola, pero iré a ver.