Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Nadie miraba en ese momento a Davy, pues de lo contrario hubieran percibido un cambio decisivo en su cara. Bajó muy calladamente de la puerta y corrió, con toda la rapidez que le permitían sus gordas piernas, al establo.
Ana cruzó apresuradamente el campo en dirección a la casa de Harrison, sin muchas esperanzas. La casa estaba cerrada con llave, las persianas echadas y no había signo de vida en el lugar. Se detuvo en la galería y llamó a Dora.
Ginger, en la cocina, chilló y juró con fiereza repentina, pero entre sus chillidos, Ana oyó un quejumbroso grito desde el pequeño cobertizo del patio que servía de depósito de herramientas al señor Harrison. Ana corrió hasta la puerta, la abrió y halló a una desgraciada mortal con cara llorosa sentada desamparadamente encima de un puñado de clavos.
—¡Oh, Dora, Dora, qué susto nos has dado! ¿Cómo has venido a parar aquí?
—Davy y yo vinimos a ver a Ginger —sollozó Dora—, pero no le pudimos ver; Davy sólo la hizo jurar golpeando la puerta. Entonces me trajo aquí, salió corriendo y cerró la puerta y yo no pude salir. Lloré y lloré; tenía mucho miedo, y ahora tengo hambre y frío; creí que nunca vendrías, Ana.