Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Marilla escuchó el relato en un silencio que no presagiaba nada bueno para Davy. El señor Barry se rió y dijo que el pequeño debía ser tratado sin contemplaciones. Cuando aquél se hubo marchado, Ana consoló y arropó a la llorosa y temblequeante Dora, le dio la cena y la acostó. Entonces regresó a la cocina, justo cuando Marilla entraba ceñuda, trayendo a tirones al renuente y sucio Davy, a quien encontrara escondido en el más oscuro rincón del establo. Le puso sobre el felpudo en medio del suelo y fue a sentarse junto a la ventana del este. Ana estaba sentada junto a la ventana del oeste. Y entre ambas, de pie, el reo. Su espalda daba a Marilla y era una espalda asustada, mansa, sumisa. Pero su cara estaba vuelta hacia Ana y, aunque avergonzada, en ella brillaba una lucecita de camaradería, como si supiera que se había portado mal y que sería castigado por ello, pero contaba con Ana para reírse de todo más tarde.
Pero en los ojos grises de Ana no halló ni siquiera la sombra de una sonrisa, como había ocurrido en otras ocasiones. Ahora había algo más… algo feo y repulsivo.
—¿Cómo te puedes portar así, Davy? —preguntó tristemente.
Davy se agitó incómodo.
—Lo hice nada más que por divertirme. Todo ha estado tan terriblemente tranquilo por aquí, que creí que sería divertido dar un buen susto; y lo fue.