Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —No sabÃa que era malo decir camelos —sollozó—. ¿Cómo podÃas esperar que lo supiera? Todos los hijos del señor Sprott decÃan camelos cada dÃa y eran capaces de jurarlo. Supongo que Paul Irving nunca los dice y he tratado con todas mis ganas de ser tan bueno como él, pero ahora supongo que nunca me volverás a querer. Pero creo que pudiste decirme que estaba mal. Lamento terriblemente haberte hecho llorar, Ana, y nunca volveré a decir un camelo.
Davy hundió su cara en el hombro de Ana y lloró a gritos. Ésta, en un repentino relámpago de comprensión, le apretó contra sà y miró a Marilla sobre su rizada cabecita.
—Él no sabÃa que estaba mal contar mentiras, Marilla. Creo que debemos perdonarle por esta vez, si nos promete que nunca volverá a decir cosas que no sean verdad. Y no digas «camelos», Davy, di «mentiras» —dijo la maestra.
—¿Por qué? —preguntó Davy, descendiendo y mirándola con una cara inquisidora y llorosa—. ¿Por qué camelo no es tan bueno como mentira? Quiero saber. Es una palabra tan larga como la otra.
—Porque «camelo» no quiere decir exactamente mentira.