Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Por fin, Davy fue enviado a acostarse, como de costumbre, y quedarse allí hasta el mediodía siguiente. Evidentemente estuvo pensando, pues cuando Ana subió algo más tarde a su cuarto, le oyó llamarla suavemente por su nombre. Al entrar le halló sentado en su cama, con los codos sobre las rodillas y la barbilla entre las manos.
—Ana —dijo solemnemente—, ¿está mal para todos, eso de decir cam… mentiras? Quiero saber.
—Sí, cierto.
—¿Está mal en una persona mayor?
—Sí.
—Entonces —dijo Davy decididamente—, Marilla es mala, porque las dice. Y es peor que yo, porque yo no sabía que estaba mal y ella sí.
—Davy Keith, Marilla jamás dijo una mentira en su vida —dijo Ana indignada.
—Claro que sí. El martes me dijo que me ocurriría algo horrible si no rezaba cada noche; no he rezado desde hace casi una semana, nada más que para ver qué me ocurría y no me ha pasado nada —concluyó el niño en tono afligido.
Ana sofocó un loco deseo de reír, ante la convicción de que no era el momento adecuado, y se lanzó al salvamento de la reputación de Marilla.
—Pero, Davy Keith —dijo solemnemente—. Algo horrible te ha ocurrido hoy.