Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Davy parecÃa escéptico.
—Supongo que te refieres a ser mandado a la cama sin cenar —dijo desdeñosamente—, pero eso no es horrible. Desde luego que no me gusta, pero me han mandado ya tantas veces a la cama, que me estoy acostumbrando a ello. Y no ahorráis nada con mandarme sin cenar tampoco, porque como el doble durante el desayuno.
—No me refiero a que te enviaran a la cama sino al hecho de que dijeras una mentira. Y, Davy —Ana se inclinó sobre los pies de la cama y señaló impresionantemente al culpable con un dedo—, decir algo que no sea verdad es casi lo peor que puede ocurrirle a un muchacho… casi lo peor. De modo que verás que Marilla te dijo la verdad.
—Pero creà que algo malo serÃa emocionante —protestó Davy en tono herido.
—Marilla no tiene la culpa de lo que hayas pensado. Las cosas malas no son siempre emocionantes. A menudo no son más que malas y estúpidas.
—Fue muy divertido veros a Marilla y a ti mirando al pozo —dijo Davy abrazándose las piernas.
Ana guardó la compostura hasta que bajó y entonces cayó en el sofá de la sala y rió hasta que le dolieron los costados.
—Me gustarÃa saber el chiste —dijo Marilla algo amoscada—. Hoy no he visto mucho de qué reÃrse.