Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Ya reirá cuando oiga esto —aseguró Ana. Y Marilla rió, lo que demostró cuánto habÃa avanzado su educación desde que adoptara a Ana. Pero suspiró inmediatamente después.
—Supongo que no debà haberle dicho eso, aunque escuché a un ministro decÃrselo una vez a un niño. Pero me irritó mucho. Fue esa noche en que tú estabas en el festival de Carmody y yo le acosté. Dijo que no veÃa la razón de rezar hasta ser lo suficientemente mayor como para ser de alguna importancia para Dios. Ana, no sé qué vamos a hacer con ese niño. No parece tener lÃmite. Me siento completamente descorazonada.
—Oh, no diga eso, Marilla. Recuerde cuán mala era yo cuando vine aquÃ.
—Ana, tú nunca fuiste mala… nunca; ahora lo veo, ahora que he aprendido cómo es la verdadera maldad. Siempre te estabas metiendo en camisa de once varas, lo admito, pero tus razones eran siempre buenas. Davy es malo por el mero placer de serlo.
—Oh, no; no creo que sea realmente malo —dijo Ana—. Sólo es travieso. Y esto es muy tranquilo para él solo. No tiene otros niños con quienes jugar y su mente necesita algo en qué ocuparse. Dora es tan peripuesta que no sirve para compañera de juegos de un muchacho. Creo de verdad que serÃa mejor dejarle ir a la escuela, Marilla.