Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—No —dijo Marilla resueltamente—. Mi padre decía siempre que ningún niño debe ser encerrado entre las paredes de un colegio hasta que tenga siete años y el señor Alian afirma lo mismo. Los mellizos podrán recibir algunas lecciones en casa, pero no irán al colegio hasta cumplir los siete.

—Bueno, entonces debemos tratar de reformar a Davy en casa —dijo Ana alegremente—. Con todos sus defectos, es realmente un chiquillo que sabe hacerse querer. No puedo evitar quererle. Marilla, puede que esté mal decirlo, pero, honestamente, me gusta más Davy que Dora con todo lo buena que es ella.

—Pues a mí me pasa lo mismo y no sé por qué —confesó Marilla—. Y no es correcto, pues Dora no da trabajo alguno. No podría haber niña mejor y uno no se da cuenta de su existencia.

—Dora es demasiado buena —dijo Ana—. Se portaría tan bien aunque no hubiera nadie que le dijera que debe hacerlo. Nació educada, de modo que no nos necesita. Y creo —concluyó Ana, poniendo el dedo en la llaga—, que siempre amamos más a quien nos necesita. Davy nos necesita terriblemente.

—Necesita algo —asintió Marilla—. Y Rachel Lynde diría que es una buena azotaina.


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