Ana, la de Avonlea

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La pobre Barbara volvió a su asiento a trompicones, mientras las lágrimas que le corrían por la cara se combinaban con el polvillo del carbón para darle un aspecto grotesco. Nunca hasta entonces le había hablado con tono así su querida maestra, de manera que la niña estaba desolada. La conciencia le dio un pinchazo, pero ello sólo sirvió para aumentar su irritación y el segundo curso recuerda todavía aquella clase, al igual que la inclemente lección de aritmética que la siguiera. Justo en el instante en que Ana se hallaba haciendo las sumas, St. Clair Donnell llegó sin respiración.

—St. Clair, llegas media hora tarde —le recordó fríamente—. ¿Por qué?

—Señorita, tuve que ayudar a mamá a hacer la torta de ciruelas para el almuerzo, porque esperamos visitas y Clarissa Almira está enferma —fue la respuesta de St. Clair, dada con voz muy respetuosa pero que sin embargo provocó gran regocijo entre sus condiscípulos.

—Siéntate y, como castigo, soluciona los seis problemas de la página ochenta y cuatro —dijo Ana.

St. Clair pareció algo sorprendido ante el tono, pero fue mansamente a su asiento y cogió su pizarra.

Entonces pasó a hurtadillas un paquete a Joe Sloane. Ana le sorprendió y tomó una fatal resolución sobre el envoltorio.


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