Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea La anciana señora de Hiram Sloane se habÃa dedicado últimamente a la manufactura y venta de «tortas de nueces», como forma de acrecentar sus menguados ingresos. Las tortas eran especialmente tentadoras para los pequeños y durante varias semanas, Ana tuvo no poco trabajo por esa causa. Camino del colegio, los escolares gastaban sus monedas en lo de la señora de Hiram, trayendo las tortas a clase y, si era posible, comiéndolas y convidando allà a sus compañeros. Ana les previno de que si las seguÃan llevando, se las confiscarÃa y a pesar de eso, ante sus mismos ojos, allà estaba St. Clair Donnell pasando una de ellas, envuelta en el papel de listas blancas y azules que usaba la señora Sloane.
—Joseph —dijo Ana en voz baja—, trae aquà ese paquete.
Joe, sorprendido y confundido, obedeció. Era un gordo que siempre enrojecÃa y se echaba a temblar cuando tenÃa miedo. Nunca nadie pareció más culpable que el pobre Joe en aquel momento.
—Echa eso al fuego —dijo Ana. Joe la miró sorprendido.
—Por… por… fa… favor, señ… señorita —comenzó.
—Haz lo que te digo, sin discutir.
—Pero… pero… señ… señorita, son… son… —tartamudeó desesperado Joe.
—Joseph, ¿vas a obedecer o no? —dijo Ana.