Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Alguien más seguro de sà mismo también hubiera titubeado ante el tono y la peligrosa luz de los ojos de Ana. Era ésta una nueva maestra, como nunca la vieran antes los niños. Joe, con una dolorida mirada a St. Clair, fue hasta la estufa, abrió la gran puerta cuadrada del frente y echó dentro el paquete azul y blanco, antes que St. Clair, que se habÃa puesto en pie de un salto, pudiera decir palabra. Entonces se echó atrás, justo a tiempo.
Por unos pocos instantes, los aterrorizados ocupantes del colegio no supieron si lo que ocurrió fue una erupción volcánica o un terremoto. El paquete de aspecto inocente que Ana supusiera, imprudentemente, que contenÃa las tortas de la señora de Hiram, en realidad escondÃa fuegos de artificio que el señor Warren Sloane habÃa enviado desde la ciudad el dÃa anterior por intermedio del padre de St. Clair, con la intención de celebrar su cumpleaños esa noche. Los cohetes estallaron como truenos y las ruedas, quemándose por el piso, se movÃan locamente de un lado a otro. Ana se derrumbó sobre su silla, pálida de desesperación, y las otras niñas se subieron a sus bancos. Joe Sloane quedó como transfigurado en medio de la conmoción y St. Clair, riendo como loco, iba de un extremo a otro del pasillo. Prillie Rogerson se desvaneció y Annetta Bell se puso histérica.