Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Pareció transcurrir un siglo, aunque en realidad fueron sólo unos pocos minutos, antes de que se extinguiera la última rueda. Ana se recobró y corrió a abrir las puertas para dejar salir el gas y el humo que llenaban la habitación. Ayudó a las niñas a llevar a la inconsciente Prillie a la galería, donde Barbara Shaw, con su ansia por ser útil, echó un balde de agua medio helada sobre la cabeza y los hombros de la pobre muchacha, antes de que nadie pudiera detenerla.
Pasó una hora antes de que se restaurara la tranquilidad; el silencio podía palparse. Todos comprendieron que ni la explosión había podido aclarar la atmósfera mental de la maestra. Nadie, excepto Anthony Pye, se atrevía a murmurar palabra. Ned Clay hizo chirriar accidentalmente su lápiz mientras calculaba una suma, vio la mirada de Ana y deseó que la tierra le tragara. La clase de geografía les hizo viajar por el continente a una velocidad que los mareó. La de gramática fue un escrupuloso y agotador análisis. Chester Sloane, al deletrear «odorífero» con dos erres, tuvo la sensación de que no podría sobrevivir a tal desgracia.
Ana sabía que se había puesto en ridículo y que el incidente sería el hazmerreír aquella tarde, pero tal seguridad sólo la enfadaba más. En un estado de ánimo más tranquilo, el incidente habría terminado en risas, pero ahora era imposible; de manera que lo ignoró con helado desdén.