Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Cuando Ana regresó a clase después de almorzar, todos los niños se hallaban en sus asientos como de costumbre y todas las caras se inclinaban sobre los pupitres, con aspecto estudioso, excepto la de Anthony Pye. Éste contemplaba a Ana por encima de su libro, con los negros ojos brillando de curiosidad y burla. Ana abrió el cajón de su escritorio para buscar una tiza y apareció un ratón que corrió por encima del mueble y saltó al suelo. Ana dio un brinco y lanzó un grito, como si se hubiera tratado de una serpiente, y Anthony Pye se rió a carcajadas.
Entonces se hizo el silencio; un silencio incómodo y pavoroso. Annetta Bell dudaba entre dar rienda suelta o no a su histeria, especialmente ya que no sabía dónde había ido el ratón. Pero decidió que no. ¿Quién se atrevería a darse el lujo de la histeria con una maestra de cara tan blanca y ojos tan brillantes, de pie ante uno?
—¿Quién puso ese ratón en mi escritorio? —dijo Ana.
Su voz era bastante baja, pero hizo correr un estremecimiento por la espalda de Paul Irving. Joe Sloane la, miró, sintiéndose responsable de la cabeza a los pies, pero tartamudeó: