Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Yo… yo… no… no… señ… señorita. Ana no prestó atención al infeliz Joe. Miró a Anthony Pye y éste le devolvió la mirada, sin confundirse ni avergonzarse.
—Anthony, ¿fuiste tú?
—SÃ, yo fui —fue la insolente respuesta.
Ana cogió su puntero. Era un instrumento largo y pesado.
—Ven aquÃ, Anthony.
Aquél estuvo muy lejos de ser el castigo más severo que sufriera Anthony Pye. Ana, aun en el estado tormentoso de aquellos momentos, no podrÃa haber castigado cruelmente a un niño. Pero el puntero dio en el lugar preciso y, finalmente, el valor de Anthony le abandonó; dio un respingo y le saltaron las lágrimas.
Ana, cuya conciencia despertó de improviso, dejó caer el puntero y envió a Anthony a su sitio. Se sentó frente a su escritorio, sintiéndose avergonzada, arrepentida y amargamente mortificada. Su enfado se habÃa desvanecido y hubiera dado cualquier cosa por poder hallar el alivio de las lágrimas. De manera que toda su jactancia habÃa terminado en esto, en el castigo corporal de uno de sus alumnos. ¡Cómo alardearÃa Jane de su triunfo! Pero, peor que esto, y lo que más amargura le causaba es que habÃa perdido su última oportunidad de ganarse a Anthony Pye. Ahora ya no la querrÃa más.