Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Ana, mediante lo que alguien llamó «un esfuerzo hercúleo», fue capaz de retener sus lágrimas hasta llegar a casa. Allí se encerró en su habitación y lloró sobre la almohada toda su vergüenza, su remordimiento y su desilusión. Lloró tanto rato que Marilla se alarmó, invadió la habitación e insistió en saber qué ocurría.

—Lo que ocurre es que me remuerde la conciencia —lloró Ana—. ¡Oh!, ha sido un día tan terrible, Marilla. Estoy tan avergonzada de mí misma. Me salí de mis casillas y azoté a Anthony Pye.

—Me alegra saberlo —dijo Marilla con decisión—. Debiste haberlo hecho hace tiempo.

—Oh, no, no, Marilla. Y no sé cómo voy a poder volver a mirar otra vez a la cara a esos niños. Creo que me he humillado terriblemente. No sabe usted cuán enfadada, odiosa y horrible estuve. No puedo olvidar la expresión en los ojos de Paul Irving… parecía tan sorprendido y desilusionado. Oh, Marilla, he tratado con todas mis fuerzas de ser paciente y de ganarme el afecto de Anthony Pye… y ahora no habrá servido para nada.

Marilla pasó su mano encallecida por el trabajo por la revuelta cabellera de la muchacha, con un gesto de ternura. Cuando decrecieron los sollozos de Ana, dijo en tono muy suave para lo que era ella:


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