Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Ana, te tomas las cosas demasiado a pecho. Todos cometemos errores, pero la gente los olvida. Y los dÃas terribles llegan para todos. En lo que se refiere a Anthony Pye, ¿por qué te preocupas de que no te quiera? Es el único.
—No puedo evitarlo. Deseo que todos me aprecien y me hace daño cuando alguien no me quiere. Y ahora, no ocurrirá eso con Anthony Pye. Oh, Marilla, hoy he cometido una idiotez. Le voy a contar todo.
Marilla escuchó el relato sonriendo ligeramente de vez en cuando. Ana nunca lo supo. Cuando ésta hubo terminado, dijo abruptamente:
—Bueno, no importa. Eso ha terminado y mañana será otro dÃa. TodavÃa hay errores, como acostumbras a decir. Baja conmigo a cenar. Veremos si una taza de té y algunos buñuelos te levantan el espÃritu.
—Los buñuelos no curan una mente enferma —dijo Ana desconsolada.
Pero Marilla pensó que era una buena señal que aceptara su sugerencia.