Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea La alegre mesa de la cena, con las brillantes caras de los mellizos y los inigualables buñuelos de Marilla, de los que David comiera cuatro, le «levantaron el espíritu» en forma considerable. Aquella noche durmió bien y despertó a la mañana siguiente para hallar que el mundo y ella estaban transformados. Durante las horas de oscuridad, había nevado suave y profundamente y la hermosa blancura, que chispeaba al escarchado sol, parecía como un manto de caridad echado sobre los errores y humillaciones del pasado.
«Cada mañana se empieza de nuevo, cada mañana el mundo es hecho otra vez», cantaba Ana mientras se vestía.
A causa de la nieve, tuvo que tomar por el camino para ir al colegio y se le ocurrió que era una impía coincidencia que Anthony Pye pasara por allí, justo cuando dejaba el sendero que venía desde «Tejas Verdes». Se sintió tan culpable como si las cosas fuesen a la inversa. Pero ante su indescriptible sorpresa, Anthony no sólo se quitó la gorra, cosa que nunca hiciera antes, sino que dijo:
—Está mal para caminar. ¿Le puedo llevar los libros, señorita?
Ana entregó sus libros dudando de si estaba despierta.