Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Anthony llegó al colegio en silencio, pero cuando Ana cogió sus libros, sonrió al niño… no con la estereotipada sonrisa «amable» con que le había obsequiado persistentemente, sino con un repentino relámpago de camaradería. Anthony sonrió; no, a decir verdad, Anthony hizo una mueca. Generalmente no se supone que una mueca sea algo respetuoso; así y todo, Ana sintió que si no había ganado aún el cariño de Anthony, de un modo u otro tenía su respeto. La señora Lynde fue a verla el domingo siguiente y lo confirmó.
—Bueno, Ana, creo que estás triunfando con Anthony Pye, eso es. Dice que él cree que tienes algo de bueno, después de todo, aunque seas una chica. Dice que le castigaste «justo y tan bien como un hombre».
—Nunca esperé ganarlo a fuerza de golpes —dijo Ana tristemente, sintiendo que sus ideas habían fracasado en algo—. No parece justo. Estoy segura de que mi teoría sobre la bondad no puede ser errónea.
—No; pero los Pye son una excepción a toda regla conocida; eso es —declaró la señora Lynde con convicción. Cuando se enteró el señor Harrison exclamó:
—De modo que llegó a hacerlo.
Y Jane machacó sobre ello sin misericordia.