Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea »No era muy buena ama de casa, pero tenÃa un don especial para las flores. Y entonces enfermó. Mamá dice que cree que ya estaba tÃsica antes de llegar a Avonlea. Realmente nunca guardó cama, pero cada dÃa se ponÃa más y más débil. Jordán no quiso que nadie viniera a ocuparse de ella. Lo hacÃa todo él y mamá cuenta que era tan delicado y amable como una mujer. Todos los dÃas la envolvÃa en un chal y la llevaba al jardÃn, donde yacÃa en un banco completamente feliz. Dicen que todas las mañanas y las noches hacÃa que Jordán se arrodillara a su lado y rezaban para que la muerte la sorprendiera en el jardÃn. Y su súplica llegó a los cielos. Un dÃa Jordán la sentó en el banco, recogió todas las rosas que habÃa y las desparramó sobre ella y ella le sonrió… y cerró los ojos… y eso —concluyó Diana suavemente— fue el final.
—¡Qué historia tan tierna! —suspiró Ana enjugando sus lágrimas.
—¿Qué fue de Jordán? —preguntó Priscilla.
—Después de la muerte de Hester, vendió la granja y se fue a Boston. El señor Jabez Sloane compró la finca y transportó la casita hacia el camino. Jordán murió diez años después y fue traÃdo a Avonlea y enterrado junto a Hester.
—No puedo entender cómo podÃa querer vivir aquÃ, lejos de todo —dijo Jane.