Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Oh, yo eso puedo entenderlo con facilidad —dijo Ana inmediatamente—. Yo no podría desearlo por una cosa muy sencilla, pues aunque amo los campos y los bosques, también quiero a la gente. Pero puedo comprenderlo en Hester. Ella estaba mortalmente cansada del ruido de la gran ciudad y del ir y venir de las gentes. Sólo deseaba escapar de todo eso hacia algún lugar apacible, verde y amistoso, donde poder descansar. Y tuvo justamente lo que deseaba, cosa que creo que consiguen muy pocas personas. Antes de morir pasó cuatro años maravillosos, cuatro años de perfecta felicidad, de modo que creo que debemos envidiarla más que compadecerla; y cerrar los ojos y quedarse dormida entre rosas con el ser que ha querido más en el mundo, sonriente… ¡oh, me parece maravilloso!

—Ella plantó esos cerezos —dijo Diana—. Le dijo a mamá que no viviría para comer sus frutos pero que quería pensar que algo que había plantado seguiría viviendo y ayudando a hacer el mundo más hermoso después de su muerte.

—Estoy tan contenta de haber venido por aquí —dijo Ana con los ojos brillantes—. Es mi cumpleaños adoptivo y este jardín y su historia son mi regalo. ¿Ha dicho alguna vez tu madre cómo era Hester Gray, Diana?

—No… sólo que era bonita.


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