Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Casi me alegro, pues puedo imaginármela sin que estorbe la realidad. Pienso que era muy ligera y pequeña, de suaves y ondulados cabellos negros; grandes, dulces y tímidos ojos castaños y pensativo y pálido rostro.

Las jóvenes dejaron sus cestas en el jardín de Hester y pasaron el resto de la tarde vagabundeando por los bosques y campos que lo rodeaban, descubriendo lindos rincones y senderos. Cuando tuvieron hambre comieron en el lugar más bonito de todos… sobre la empinada margen de un arroyuelo, donde los abedules se alzaban sobre la hierba. Las muchachas se sentaron contra las raíces e hicieron justicia a las maravillas de Ana; hasta los poco poéticos emparedados fueron muy apreciados por los voraces apetitos estimulados por el aire fresco y por el ejercicio. Ana había llevado vasos y limonada para sus invitadas, pero por su parte bebió agua fría del arroyo con un cubo hecho de corteza de abedul. El cubo goteaba y el agua sabía a tierra, como ocurre siempre con el agua de los arroyos en primavera; pero, para la ocasión, Ana lo encontraba más apropiado que la limonada.

—¡Mirad ese poema! —dijo repentinamente, señalando con el dedo.

—¿Dónde? —Jane y Diana miraban como si esperaran ver rimas rúnicas en los abedules.


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