Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —AllÃ… abajo, en el arroyo… ese viejo leño verde y musgoso con el agua que corre por encima y ese haz de rayos de sol que cae justamente contra él y se sumerge en el charco. ¡Oh, es el poema más hermoso que he visto!
—Yo más bien lo llamarÃa cuadro —dijo Jane—. Un poema tiene estancias y versos.
—Oh, no, querida —Ana sacudió su cabeza coronada con cerezo silvestre—. Las estancias y versos son sólo las vestiduras de un poema, asà como tus volantes y frunces no son realmente tú, Jane. El verdadero poema está en el alma que hay en él… y ese hermoso trozo es el alma de un poema no escrito. No se ve un alma todos los dÃas… ni siquiera la de un poema.
—Me pregunto a qué se parecerá un alma, un alma de persona —dijo Priscilla soñadoramente.
—Yo dirÃa que a eso —dijo Ana señalando un radiante rayo de sol que brillaba a través de un abedul—. Sólo que con rasgos y formas. Me gustan las almas graciosas hechas de luz. Y algunas están atravesadas por manchas rosadas y estremecimientos… otras tienen un suave brillo como rayos de luna sobre el mar… y otras son pálidas y diáfanas como niebla y amanecer.
—Una vez leà que las almas eran como flores —dijo Priscilla.