Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Entonces la tuya es como un dorado narciso —dijo Ana—, y la de Diana como una rosa muy roja. Y la de Jane como un capullo de manzano, rosa, edificante y dulce.

—Y la tuya una violeta blanca, con listas rojas en el corazón —concluyó Priscilla.

Jane le susurró a Diana que ella no podía entender de qué estaban hablando.

Las jovencitas regresaron a casa a la luz de un tranquilo y dorado atardecer, con las cestas llenas de narcisos del jardín de Hester; Ana llevó unos cuantos al cementerio al día siguiente y los puso sobre su tumba.

Los petirrojos silbaban en los pinos y las ranas cantaban en los pantanos. Todos los valles estaban bordeados por una luz topacio y esmeralda.

—Bueno, después de todo, hemos pasado un rato agradable —dijo Diana, como si hubiera esperado todo lo contrario cuando saliera.

—Ha sido un día dorado —dijo Priscilla.

—Me gustan muchísimo los bosques —añadió Jane. Ana nada dijo. Estaba mirando el cielo a lo lejos, hacia el occidente, y pensando en la pequeña Hester Gray.


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