Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Lo mejor será abrirla —fue la seca respuesta de Marilla. Un agudo observador hubiera comprobado que también estaba excitada, pero hubiera muerto antes de darlo a entender.
Ana abrió la carta y echó una mirada a los desaliñados y mal escritos renglones.
—Dice que no puede hacerse cargo de los niños esta primavera… que ha estado enfermo la mayor parte del invierno y que su boda ha sido aplazada. Quiere saber si los podemos tener hasta el otoño y que entonces él se hará cargo. Desde luego que lo haremos, ¿no, Marilla?
—Creo que no nos queda otra alternativa —dijo Marilla algo secamente, aunque con un secreto alivio—. De todos modos, ahora no son tan molestos como antes… o quizá sea que nos hemos acostumbrado a ellos. Davy parece haber progresado mucho.
—Sus modales son mucho mejores —dijo Ana cautelosa, como si no estuviera preparada para decir lo mismo sobre su moral.