Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Ana había regresado a casa la tarde anterior, para encontrar que Marilla había ido a una reunión en la Sociedad de Ayuda, que Dora dormía en el sofá de la cocina y que Davy, junto al armario de la sala de estar, paladeaba feliz las famosas confituras de ciruelas amarillas de Marilla… cosa que se le prohibiera tocar. Parecía culpable cuando Ana le sorprendió y le sacó del armario.

—¡Davy Keith! ¿No sabes que está muy mal que comas esas cosas, cuando se te ha dicho que no toques nada de ese armario?

—Sí, sé que estuvo mal —admitió Davy incómodo—, pero las confituras de ciruela son muy ricas, Ana. Entré a echar una mirada y parecían tan buenas que quise probar un poquito. Metí el dedo… —Ana lanzó un gemido—, y me lo chupé. Y estaba tan bueno que me pareció mejor meter una cuchara y me lancé.

Ana le dio una explicación tan seria sobre el pecado de robar confituras, que Davy sintió remordimientos y, en medio de besos, prometió su arrepentimiento y no volver a hacerlo.

—De todos modos, en el cielo habrá bastante dulce, lo que es un consuelo —dijo complaciente. Ana preludió una sonrisa.

—Quizá lo haya… si lo queremos —dijo—; pero ¿qué te hace pensar eso?

—Pero, si está en el catecismo.


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