Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—¡Oh, no! El catecismo no dice nada parecido, Davy.

—Pero te digo que sí —insistió David—. Es en esa pregunta que Marilla me explicó el domingo pasado. «¿Por qué debemos amar a Dios? Porque conserva y redime» y «conserva» es un nombre para los dulces.

—Voy a beber un poco de agua —dijo Ana apresurada.

Cuando regresó, le costó bastante tiempo y trabajo explicarle que «conserva» se refería a fines mucho más espirituales.

—Bueno, ya me parecía demasiado bueno para ser verdad —dijo Davy con un suspiro de desilusión—. Y, además, no sé cómo podría Dios encontrar tiempo para hacer dulces, si hay un infinito sábado, como dice el himno. No creo que me guste ir al cielo. ¿No habrá nunca sábados en el cielo, Ana?





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