Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —¡SÃ, sábados y toda clase de dÃas hermosos! Y cada dÃa será más hermoso que el anterior, Davy —aseguró Ana, que estaba contenta de que Marilla no anduviera por allà para llevarse una sorpresa. Ésta, innecesario es decirlo, llevaba a cabo la instrucción teológica de los mellizos según el antiguo sistema y no aceptaba las especulaciones sobre el tema. Cada domingo, les enseñaba a Dora y Davy un himno, una pregunta del catecismo y dos versÃculos bÃblicos. Dora aprendÃa dócilmente y recitaba como una pequeña máquina, quizá con la misma comprensión e interés de un verdadero mecanismo. Davy, por el contrario, poseÃa una viva curiosidad y sus frecuentes preguntas hacÃan temblar a Marilla.