Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea La S. F. A. se reunió en lo del señor Harmon Andrews esa tarde y se pidió asistencia completa, ya que debían tratarse importantes asuntos. La S. F. A. estaba en estado floreciente y ya habían conseguido maravillas. A comienzos de la primavera, el señor Major Spencer cumplió su promesa y apisonó, niveló y plantó la zona de su granja que daba al camino. Una docena de otros caballeros, algunos apremiados por la determinación de no dejar que un Spencer se les adelantara, otros acuciados por «fomentadores» de su propio clan, siguieron su ejemplo. El resultado fue que hubo largas bandas de suave césped aterciopelado donde antes hubiera maleza de mal aspecto. Las fachadas de las granjas que no estaban arregladas parecían tan feas por contraste, que sus propietarios sentían secreta vergüenza y eran impulsados a ver qué podían hacer en otra primavera. El triángulo en el cruce de caminos también había sido limpiado y plantado y el parterre de geranios de Ana, no mancillado por ninguna vaca vagabunda, ya estaba en su centro.
En conjunto, los «fomentadores» pensaban que les iba muy bien, a pesar de que el señor Levi Boulter, que fuera entrevistado con fina táctica por un comité cuidadosamente elegido, les dijera de malos modos, respecto a la vieja casa, que no la pensaba tocar.