Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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En esta reunión especial tenían pensado redactar una petición a los síndicos del colegio, rogándoles humildemente que se pusiera una cerca a las tierras de la escuela y también se discutió sobre la plantación de unos pocos árboles ornamentales junto a la iglesia, si lo permitían los fondos de la sociedad, ya que, como dijera Ana, de nada servía iniciar otra suscripción mientras quedara azul el Salón. Los miembros estaban reunidos en el comedor y Jane ya se preparaba a presentar la moción para nombrar una comisión que informara sobre el precio de dichos árboles, cuando Gertie Pye hizo su entrada, peripuesta como de costumbre. Gertie tenía el hábito de llegar tarde, «para hacer más efectiva su entrada», como decían las gentes mal intencionadas. La entrada de Gertie en esta ocasión fue, por cierto, efectiva, pues se detuvo dramáticamente en mitad del salón, alzó los brazos, hizo girar los ojos y exclamó:

—Acabo de oír algo horroroso. ¿Qué os parece? El señor Judson Parker va a alquilar toda la cerca de su granja que da al camino a una compañía de productos farmacéuticos para que ponga un anuncio.

Por una vez en su vida, Gertie Pye produjo toda la sensación que deseara. No hubiera conseguido más de haber echado una bomba entre los «fomentadores».

—No puede ser verdad —dijo Ana.


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