Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Eso es lo que dije en cuanto lo supe —dijo Gertie, que estaba disfrutando en grado sumo—. Yo dije que no podÃa ser verdad, que Judson Parker no tendrÃa corazón para hacerlo. Pero papá lo encontró esta tarde, le preguntó y él dijo que era verdad. ¡ImagÃnate! Su granja da al camino de Newbridge y será horrible ver los anuncios de pÃldoras y emplastos, ¿no os parece?
Los «fomentadores» tuvieron una noción demasiado exacta. Hasta los menos imaginativos pudieron representarse el grotesco efecto de medio kilómetro de cerca adornada con tales anuncios. Todo pensamiento respecto al colegio y a la iglesia se desvaneció ante este nuevo peligro. Se olvidaron todas las reglas parlamentarias y Ana, desesperada, omitió tomar nota en sus actas. Todos hablaron a un tiempo, haciendo un ruido horrible.
—Tengamos calma —dijo Ana, la más excitada de todos— y tratemos de pensar en la manera de evitarlo.
—No sé cómo lo vas a hacer —exclamó Jane amargamente—. Todos saben cómo es Judson Parker. Es capaz de hacer cualquier cosa por dinero. No tiene ni una chispa de espÃritu público ni sentido alguno de la belleza.