Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea En ese instante, ambos vieron a Ana y la conversación cesó abruptamente. Ana saludó con frialdad y siguió, con la barbilla un poco más alta que de costumbre. Pronto la alcanzó Parker.
—¿Quiere que la lleve, Ana? —le preguntó ingenuamente.
—No, gracias —dijo ella, con un ligero desdén en su voz que percibió la no muy sensible conciencia de Judson. Su cara se enrojeció y tiró enojado de las riendas, pero al instante recapacitó. Miró incómodo a Ana, que seguía andando, sin mirar ni a derecha ni a izquierda. ¿Había oído la inequívoca oferta de Corcoran y su clara aceptación? ¡Maldito Corcoran! ¡Si tuviera al menos la costumbre de no decir las cosas tan claro! ¡Y malditas maestras pelirrojas que aparecen cuando menos uno lo esperaba! Si le había oído, seguramente que lo contaría. Aunque a Judson Parker le preocupaba bien poco la opinión pública, ser conocido, como vendedor de su voto era algo muy feo y si llegaba alguna vez a oídos de Isaac Spencer, adiós sus esperanzas de ganar la mano de Louisa, con su futuro de heredar a un rico granjero. Judson sabía que no le miraban ya del todo bien, de manera que no podía correr riesgo alguno.
—Ejem… Ana, querría verla sobre ese asunto de que conversamos el otro día. He decidido no alquilar la cerca a esa compañía. Una sociedad con miras como la de ustedes debe ser alentada.