Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Ana dejó de lado su frialdad.

—Gracias.

—Y… y… no hace falta que mencione mi conversación con Jerry.

—No tenía la menor intención de hacerlo —dijo Ana fríamente—, hubiera preferido ver todas las cercas de Avonlea pintadas antes de negociar con un hombre capaz de vender su voto.

—Bueno, bueno —asintió Judson, imaginando que se comprendían magníficamente uno a otro—. Nunca la creí capaz. Desde luego que le estaba tomando el pelo a Jerry… se cree tan sagaz. No tengo intenciones de votar a Amesbury. Votaré a Grant como siempre… ya lo verá cuando lleguen las elecciones. Y está bien lo de la cerca; se lo puede decir a los «fomentadores».

«En este mundo tiene que haber gente de todas clases, como he oído a menudo, pero creo que hay algunas de las que se podría prescindir», reflexionó Ana esa noche ante el espejo de su cuarto. «No podría haber mencionado esa desgracia a nadie, de modo que mi conciencia está tranquila a ese respecto. En realidad no sé a qué o a quién hay que agradecérselo. Yo no hice nada para conseguirlo. Y es difícil creer que la Providencia emplee medidas como las que usan hombres como Judson Parker y Jerry Corcoran».


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