Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Al día siguiente, Ana hizo la tarta, preparó su vestido de muselina blanca y barrió cada habitación de la casa, procedimiento bastante innecesario, pues «Tejas Verdes» estaba en perfecto orden, tan caro a Marilla. Pero la muchacha sentía que una mota de polvo sería execrable en una casa que debía visitar Charlotte E. Morgan. Hasta limpió el cuarto de útiles que había bajo la escalera, aunque no existía la más remota posibilidad de que la señora Morgan mirara allí.

—Es que quiero tener la sensación de que todo está en orden, aunque ella no lo vea —le dijo a Marilla—. Ya sabe que en su libro Llaves doradas, hace que Alice y Louisa, sus dos heroínas, tomen como divisa el verso de Longfellow:

En los antiguos días del arte los constructores, con cuidado extremo, levantaban cada parte, diminuta e invisible, pues los ojos de Dios todo lo ven.

Y por ello siempre barrían el sótano y no olvidaban barrer bajo sus camas. Tendría la conciencia intranquila si supiera que este armario estaba desordenado cuando la señora Morgan esté en la casa. Desde que leímos Llaves doradas en abril, Diana y yo hemos adoptado ese verso como nuestro lema.

Esa noche, John Henry Cárter y Davy mataron dos pollos blancos y Ana los aderezó, siendo esta desagradable tarea glorificada por el destino de las aves.


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