Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—No me gusta desplumar pollos —le dijo a Marilla—; pero es una suerte que este trabajo no nos exija concentrarnos en él. He estado pelando pollos con las manos pero en la imaginación he vagado por la Vía Láctea.

—Me he dado cuenta que habías tirado por el suelo más plumas que de costumbre —observó Marilla.

Luego Ana acostó a Davy y le hizo prometer que se portaría perfectamente al día siguiente.

—Si mañana me porto tan bien como pueda ser posible, ¿dejarás que pasado mañana me porte tan mal como quiera? —preguntó Davy.

—No puedo prometerte eso —dijo Ana discretamente—, pero os llevaré remando hasta la otra orilla del lago; bajaremos a las dunas y haremos picnic.

—Trato hecho —exclamó Davy—. Seré bueno; tú ganas. Tenía intenciones de ir a lo del señor Harrison a tirarle guisantes a Ginger con mi nueva pistola, pero será lo mismo otro día. Supongo que una excursión a la playa lo compensará.


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