Ana, la de Avonlea

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—Bueno, olvidemos nuestras preocupaciones y pensemos en las alegrías —dijo Ana alegremente—. La señora Alian dice que siempre que recordemos algo que nos preocupe, debemos pensar también en algo agradable que pueda contrarrestarlo. Si tú eres ligeramente rolliza, también tienes los más encantadores hoyuelos; y si yo tengo una nariz pecosa, su forma es perfecta. ¿Crees que el jugo de limón va bien?

—Sí, eso creo —dijo Diana con aire crítico.

Y muy alegre Ana se dirigió hacia el jardín que estaba lleno de tenues sombras y oscilantes luces doradas.

—Decoraremos la sala, primero. Tenemos mucho tiempo, porque Priscilla dijo que estarían aquí a las doce y media a más tardar, de modo que comeremos a la una.

Hay dudas de que en ese momento pueda haber habido en todo Canadá o Estados Unidos un par de muchachas más excitadas y felices. Cada tijeretazo que cortaba una rosa o una campanilla parecía cantar: «Hoy viene la señora Morgan». Ana se preguntaba cómo el señor Harrison podía continuar segando heno plácidamente en el campo detrás del sendero, como si no fuera a pasar nada.


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