Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea La sala de «Tejas Verdes» era un aposento algo sombrío y sereno, con rígidos muebles, almidonadas cortinas de encaje y blancos tapetes siempre colocados en perfecto ángulo, excepto en las ocasiones en que quedaban colgando de los botones de algún desafortunado. Ni siquiera Ana había obtenido nunca permiso para infundirle algo de gracia, pues Marilla no permitía alteraciones. Pero es maravilloso lo que pueden conseguir las flores si se les da oportunidad. Cuando Ana y Diana terminaron con la habitación, ésta quedó irreconocible. Un gran jarrón azul lleno de margaritas florecía sobre la pulida mesa. El brillante manto negro de la chimenea francesa estaba adornado con rosas y helechos. En cada estante de la rinconera había un manojo de campanillas; los oscuros rincones de cada lado de la reja del hogar estaban iluminados por jarras llenas de brillantes peonías carmesí, y el hogar mismo, estaba encendido por amapolas. Todo este esplendor y colorido mezclado con los rayos del sol que caían a través de las madreselvas por las ventanas en una tempestuosa confusión de danzarinas sombras sobre el piso y las paredes, convertían al comúnmente fúnebre salón en la verdadera «glorieta» de la imaginación de Ana, y hasta provocó la admiración de Marilla, quien fue a criticar y se quedó alabando la obra de las jovencitas.